
Pronto lo descubrí: Vicente entraba en un centro de la Tercera Edad y cinco minutos después salía con el periódico pero sin el café. Ese día de frío, me hubiera gustado merodear por el edificio en busca de alguna ventana abierta y colarme de un salto, pero mi adrenalina peliculera se me vino abajo porque el edificio tenía las ventanas de cristal y se veía todo a través de ellas. Me dio por rezar para que ese café no fuera para su novia-la enfermera-sexy, sino para aquella que estaba en la entrada, de igualita cara que el pitbull de mi vecina. Pues ni para la sexy, ni para la amargada, el café más caro de Madrid era para un señor mayor incrustado en una silla de ruedas. Vicente abría la tapa, echaba el sobre del edulcorante y envolvía la parte de abajo con unas servilletas para que el señor no se quemara. Y yo pensaba que era el chico más bonito del mundo por hacer esa tontería de la servilleta. ¿Y si Vicente no era mi locura persecutoria sino el abuelo de la silla? Total, pensé, Vicente es sólo es un nombre cualquiera. Saqué el móvil y mis manos congeladitas teclearon un sms: “Mari Carmen, pillé tráfico, llegó más tarde”. Enviar. Sólo me quedaban dos minutos, o tres como máximo, así que lo tenía claro. Me pareció oír la musiquilla de Indiana Jones cuando estaba entrando, pero eso seguro que también estaba en mi cabeza. Sólo tenía que decir una frase. “Vengo a ver a Vicente”. El pitbull pareció enternecerse. Y entré. Y para mi propia sorpresa, también me enamoré.
¿Foto?: Vasito Starbucks